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martes, abril 27, 2004

La vida en la Base española de la isla decepción
El Periódico de Aragón (1-2-2004)
Un campamento entre montañas de hielo

MARÍA VIDAL
Son la ocho de la mañana y la base antártica "Gabriel de
Castilla" ya se ha puesto en marcha. Hace trato que es de día. En
realidad, el sol nunca llega a ponerse en esta época del año en la
isla Decepción, allá por el extremo sur de la Tierra. Después del
desayuno, los dieciséis españoles del campamento de investigación
antártica 2003-2004, ocho científicos y ocho militares, se reunirán
para planificar la jornada. Los primeros pondrán sobre la mesa sus
planes para el día y, a partir de ahí, los segundo prepararán los
apoyos logísticos necesarios para que se pueda llevar a cabo la labor
científica.
Mientras, en España ya se ha llegado al mediodía. Cuatro horas de
diferencia y casi 13.000 kilómetros de distancia es lo que separa a
quienes están en la Antártida de sus casas, alguna de ellas, con
dirección aragonesa. Jaca, Calatayud y Zaragoza son el lugar de
residencia de cuatro de los militares desplazados voluntariamente al
Polo Sur.
Precisamente, la base "Gabriel de Castilla" está dirigida por un
jaqués de nacimiento destinado en la Academia de Logística de
Calatayud, el comandante Manuel Maldonado. "Llevo aquí desde el 19
de noviembre y estoy encantado. Siempre me había atraído la idea de
poder venir a la Antártida, porque me encanta la montaña y porque
profesionalmente es una gran oportunidad", comentas el comandante
que ahora tiene a sus órdenes la campaña española en marcha más
alejada de la Península Ibérica.
Entre las dos fases en las que se divide la expedición a lo largo del
verano austral, han estado junto a él otros siete militares de Aragón
(la capitana Miriam Villacampa, como responsable de medioambiente y la
cabo Eva Ruiz, en la cocina) y cuatro hombres (el comandante Josué
Vinuesa y el brigada Tomás Gandolfo, de la Academia de Logística de
Calatayud, el comandante Francisco Pitalúa, de la Academia General
Militar, y el teniente Javier Barga, de la Escuela Militar de Montaña
de Jaca).
Hasta el mes de marzo se llevarán a cabo cuatro proyectos científicos
a los que el Ejército presta apoyo logístico. "Además del
mantenimiento de la Base, colaboramos con los científicos
acompañándolos en sus desplazamientos ya que la isla presenta algunos
peligros, como los glaciares -que cubren aproximadamente el 60 por
ciento de la isla-, la bahía interior, que requiere complicados
movimientos en lancha, y los pequeños terremotos. No hay que olvidar
que estamos en una zona volcánica", explica Maldonado.
La labor que este equipo de científicos y militares desempeña tuvo un
invitado especial el pasado día 17 de febrero, cuando el Rey de España
visitó las bases "Gabriel de Castilla" y "Juan Carlos I" (en la isla
Livingston). "Fue muy entrañable. Hacía muy mal tiempo y él puso
mucho empeño personal para poder estar aquí", recuerda Maldonado.
El trabajo de la base para a la hora de comer y luego se continúa con
las labores hasta la cena. Aquí todos los días son iguales, con
mucho trabajo y con mucha tranquilidad", describe el comandante.
"Leer, hacer uso del correo electrónico, hablar entre nosotros y
jugar a las cartas" son las alternativas para el escaso tiempo
libre que les queda después de cenar, en medio de un gigantesco
laboratorio natural aislado de la civilización, con luz permanente y
temperaturas bajo cero.
La vida de este campamento se desarrolla en un módulo que, desde este
año, se denomina "Comandante Ripollés" en honor a una de las víctimas
del accidente del Yak-42 (el comandante Ripollés) que dirigió esta
base en la campaña 2001-2002. "Ha sido nuestro particular homenaje.
Fue un acto muy entrañable", relata quien ahora ocupa ese puesto.
En esos 120 metros cuadrados, con calefacción, electricidad y agua
corriente, conviven los dieciséis españoles, "El lugar es bastante
confortable y lleva consigo el reto de la convivencia, que para mí se
ha convertido en una de las experiencias más positivas de este
viaje", apunta Maldonado. Llevan ya más de dos meses en la isla y
aseguran que el ambiente es buena y que la experiencia está mereciendo
la pena.
Además, para que la base funcione en todos los sentidos, desde el
comienzo de la campaña se establecieron turnos de 'marías' que, según
explica el comandante al mando, "se llaman así por tradición. El
día que te toca lo debes dedicar a la comunidad en labores como la
limpieza o la ayuda al cocinero".
Con tanta actividad, "los días pasan volando", afirma Francisco
Pitalúa. Él es el encargado de mantenerlos en contacto con el mundo.
Mediante llamadas telefónicas o a través del correo electrónico, los
integrantes de la campaña antártica pueden comunicarse con sus
familias. A casi 13.000 kilómetros de distancia, "encargarme de las
comunicaciones era todo un reto, una razón suficiente para venir a la
Antártida. Estar aquí es una oportunidad única", asegura.
A pesar de que hablan frecuentemente con sus hogares, ellos apuntan
que "la familia es lo que más se echa de menos". Además, les ha
tocado pasar las Navidades allí. Aunque "se han hecho un poco duras
por estar lejos de casa", en la base se organizó una auténtica
cena de Nochebuena, con entrantes de todo tipo, cochinillo al horno,
patatas a lo pobre y, de postre, tarta de chocolate.
No dejar huellas
La isla Decepción se formó en el periodo cuaternario, tras la erupción
de un volcán situado 850 metros bajo el nivel del mar. Ahora,
"parece como si nunca hubiera pasado el hombre por ella. Y
esperemos que siga así muchos años", dice el teniente Barba.
La protección medioambiental del entorno antártico, regulada por el
Protocolo de Madrid, es una obligación que marca el día a día de
quienes están trabajando en la base. "Este es un terreno virgen y
no debemos dejar huellas de nuestra presencia", indica el jefe del
campamento. Y para conseguirlo, tienen que llevarse de vuelta todo lo
que generen, tanto residuos orgánicos como inorgánicos, "Debemos
separa la basura y sacarla de aquí, incluidos los residuos humanos.
Las duchas están restringidas, porque el agua que se utiliza queda
contaminada. No podemos quemar nada, ni hacer construcciones con
materiales que dejen huellas. En fin, la protección del medio ambiente
hay que tenerla en cuenta en todas las actividades que realizamos y
también cuando salimos de expedición", señala Maldonado.
Un volcán de hielo
"Aunque parezca mentira, lo que más sorprende al llegar aquí es el
frío", recuerda Maldonado. "Te lo esperas, pero hasta que no lo
sientes de verdad en la piel, no te das cuenta de lo que es",
matiza. Las temperaturas suelen estar entre los cinco y los diez
grados bajo cero, aunque la sensación térmica es más fría debido a los
vientos, que rondan con facilidad los cien kilómetros por hora. "El
cierzo de Zaragoza es una tontería comparado con esto", bromea el
comandante.
Pero más allá de la diferencia climática, la despoblación humana y la
permanente claridad, la gran sorpresa que escondía la Antártida para
esta expedición eran sus habitantes. De espectáculo maravilloso
califican la visión de más de 20.000 parejas de pingüinos luchando por
colocar sus nidos en las mejores zonas de la pingüinera. Una de esas
colonias lleva el nombre de una clase del colegio jaqués de San Juan
de la Peña, cuyos alumnos mantuvieron un encuentro telefónico con la
base.
Focas, elefantes marinos, gaviotas, palomos antárticas y otros
animales se han visto obligados a convivir con los investigadores que
llegan hasta su isla con el buen tiempo, como describe el teniente
Barba. "Si un pingüino va andando y tú estás sentado en su camino,
te pasa por encima como si nada. O si al pasar junto a una foca
dormida la despiertas, te mira y se vuelve a dormir sin problema. Es
impresionante", dice. "Es la naturaleza en estado libre",
concluye para resumir las maravillas que ha descubierto en la
Antártida. "No nos identifican como depredadores. Nos miran con
curiosidad pero no se asustan de nosotros", añade Maldonado.
La base española se instaló en 1988, aunque la presencia humana en
esta isla se pierde en las leyendas de piratas. Según cuentan, esta
extensión de hielo con forma de herradura servía de escondite para los
tesoros del famoso corsario Francis Drake. Y muchos fueron los que
creyeron la historia y llegaron hasta la isla en busca de fortunas
escondidas. Pero todas las misiones para encontrar esas riquezas
fracasaron, de ahí el nombre de Decepción. Ahora, este lugar es uno de
los principales focos de actividad sísmica y volcánica del continente
más desconocido.
En marzo, militares y científicos emprenderán el camino de vuelta. El
buque Las Palmas los trasladará hasta la ciudad argentina de Ushuaia
en tres o cuatro días y cruzando uno de los puntos del mundo más
complicado para la navegación, el Paso de Drake. Un par de días
después viajarán hasta Buenos Aires donde, tras dos o tres jornadas de
escala, cogerán el vuelo de regreso a casa.

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