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martes, mayo 03, 2005

Memorias de la Antártida

Jorge Egocheaga encandila con su charla-coloquio titulada «La cumbre más austral»
Oviedo, Mario D. BRAÑA
publicado en EDITORIAL PRENSA ASTURIANA Director: Isidoro Nicieza
29 abril 05

«La cumbre más austral» es el título elegido por Jorge Egocheaga para la charla-coloquio que ofreció ayer en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA, durante la que explicó su expedición antártica para ascender el monte Vinson. Egocheaga fue presentado por César Menéndez Claverol, director de relaciones institucionales de Cajastur, la entidad que financia el proyecto «Asturias en las 7 cimas». Con el Vinson, el médico y montañero asturiano ya ha completado la ascensión de cinco de las cumbres.

El adjunto a la Dirección General de LA NUEVA ESPAÑA, Melchor Fernández Díaz, calificó a Jorge Egocheaga como «algo más que un deportista excepcional. Es una persona inclasificable por su actitud ante la vida, por su forma de ser y por su modestia. De las andanzas de Jorge nos enteramos siempre a posteriori. Por eso se ha acostumbrado a sorprendernos con hazañas impresionantes».

Melchor Fernández recordó que Egocheaga «ha ido abriendo caminos en el montañismo asturiano», como su ascensión al techo del mundo, el Everest». Como ejemplo de esa personalidad, Fernández Díaz destacó que «en la Antártida no sólo consiguió lo que perseguía, la ascensión al monte Vinson, sino que de paso colocó la bandera asturiana en un pico desconocido, dejando una huella indeleble».

Antes de pasar a proyectar las diapositivas de su expedición, Jorge Egocheaga expresó su agradecimiento a Cajastur por permitirle «llevar a cabo este sueño. Porque eso es lo que hago, invertir en sueños». Éste, concretamente, fue un sueño de Navidad, ya que completó su expedición el día de Nochebuena.

Su expedición comenzó en Punta Arenas, en Chile, donde tuvo que esperar cuatro días para subirse al avión que le trasladaría a la base antártica de Patriot Hills, el punto cero de su travesía en solitario de 220 kilómetros hasta la base del Vinson.

Tras un breve descanso y una última comida digna de ese nombre, el día 12 de diciembre se calzó los esquís y colocó el macuto con lo fundamental en un sencillo trineo para cruzar el desierto helado.

Fueron cinco días de «navegación sobre hielo», gracias al GPS que le guió hacia su objetivo, el Vinson. Tuvo que acostumbrarse a jornadas con 24 horas de sol y una luminosidad diferente a lo que había conocido hasta entonces. Se organizó reservando doce o trece horas de caminata, a veces con botas con crampones para progresar sobre el hielo, dos o tres para montar el campamento y comer, y siete u ocho para dormir. Pese a las condiciones extremas, con temperaturas de 25 y 30 grados bajo cero, Egocheaga se declaró afortunado porque casi nunca apareció el mayor enemigo en la Antártida: el viento.

Como ya suponía, la ascensión al Vinson fue técnicamente sencilla, por lo que no le llevó más de cinco horas subir y bajar. Aprovechó la circunstancia para subir al día siguiente a la segunda cumbre de la Antártida, el Shin (4.876 metros) y poner la guinda durante el camino de vuelta con un monte desconocido que le llamó la atención. La UNESCO ha aceptado la denominación propuesta por Egocheaga, Pico Principado de Asturias, para una cumbre de 4.622 metros.

La narración, plagada de espontaneidad y anécdotas que enriquecieron la fuerza de las imágenes, mantuvo la atención del público, que después preguntó a Egocheaga por diferentes aspectos de la aventura. Así, el montañero y médico aclaró que no había cuidado mucho la alimentación, basada en puré de patatas. Aseguró que no había pasado tanto frío como se podía suponer, hasta el punto de que no llegó a utilizar el mono de pluma que le habían recomendado. «Me bastó con una camiseta térmica, el forro polar y un goretex».

Para evitar el riesgo de congelaciones, Egocheaga tuvo que acostumbrarse a manejarse con guantes y manoplas. «Los únicos problemas los tuve en los ojos, ya que se congelaban las pestañas y se juntaban». Ante la necesidad de aligerar peso prescindió del botiquín («sólo llevé Gelocatil por si me dolía la cabeza») y se «olvidó» del teléfono móvil que le proporcionó Cajastur. Los libros y la música le ayudaron a pasar los momentos de descanso en medio del desierto helado.

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